Cuando experimentar se sale de control…

Bienvenidos a otro miércoles de libros aquí en el Open Trunk de Si no le gusta no lea inserte música emocionante aquí

Hoy, me alejo un poco de mis tan amadas distopías para hablar de una novela que se hundió solita, así de sencillo, ya verán por qué.

¿Alguno aquí se ha visto la primera temporada de American Horror Story? yo tampoco, solo unos pocos capítulos y las pesadillas llegaron en exceso así que dejé de verla, pero para mi terrible sorpresa, el tema de los cuerpos en pedacitos y demás llegó de nuevo a mis manos en la forma de “Naturaleza Salvaje”, la primera novela de Megan Shepherd, pero como he aprendido con el tiempo, en la litetatura nada es nuevo, así que para hablar de “Naturaleza Salvaje” debo hablar de sus “abuelos” literarios, por llamarlos de algún modo. No se desanimen, será un viaje divertido, lo prometo.

¿Cuerpos en pedacitos? no es tema nuevo, ya en el año 1817 una dama llamada Mary Shelley concibió un relato de terror en respuesta a un desafío de su amigo Lord Byron (menudo grupo de amigos, ¿eh?) el cual la haría merecedora de un espacio en esta cronología de locos que llamamos historia literaria, ¿de quién se trata? por supuesto, del muy verde y querido Frankenstein (el misterio sobre por qué a todos les da por pintarle la cara verde sigue sin resolver, pero al menos Phineas y Ferb ya encontraron sus sesos).

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No preciso entrar en detalles de la novela de Shelley, resumamos con esto: en los experimentos del doctor Víctor Frankenstein por crear a un monstruo partiendo de un cadáver y de la electricidad de una tormenta, está la búsqueda del poder divino: ¿qué mayor poder que el propio acto de creación de la vida? para la época en que fue escrita la novela estaban muy de moda los experimentos con la electricidad y la alquimia, encantador, ¿no creen? y así, con su novela gótica la querida Mary Shelley sentaría las bases de otra rama de la ciencia ficción, una que HG Wells retomaría algunos años después, más concretamente en 1896, y sería esa rama de la ciencia ficción que habla de cómo los seres humanos, en nuestra ambición e ingenuidad, retamos a Dios y creemos que podemos hacer su labor creadora, pero lo cierto es que no nos ha salido nada bien, y que lo digan los protagonistas de “La Isla del Doctor Moreau”, siguiente abuelo de “Naturaleza Salvaje” del que les voy a hablar:

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La fórmula de la novela es la siguiente:

Científico loco queriendo crear seres humanos a partir de la vivisección de órganos de animales

+

Isla salvaje e indómita

+

Pobre humano que naufragia y va a dar en medio de una comuna de criaturas mitad humanas-mitad animales

=

Gran trabajo, HG Wells, ¡ahora no quiero volver a una Isla en mi vida! 

Como seres humanos, tememos a que nuestras propias creaciones se rebelen a nuestro poder sobre ellas, y precisamente eso es lo que ocurrirá en esta novela, que por cierto, no tiene un final particularmente esperanzador, ¡pero léanla, léanla!

O…

Pueden evitarse los pragmatismos del siglo XIX y acercarse a este clásico desde una perspectiva algo más “azucarada” para el lector, dícese (y por fin a lo que vengo por aquí) ¡Naturaleza Salvaje!

Naturaleza salvaje-cubierta

A Megan Shepherd le pareció correcto incluir en los agradecimientos de su primera novela el haber tenido de “inspiración” a HG Wells, pero en serio, ¡te delataste sola cariño! lo que pasa en Naturaleza Salvaje es simplemente una re-escritura de La Isla del Doctor Moreau, partamos del hecho de que la protagonista, Juliet Moreau, es la hija de un científico obsesionado con crear seres racionales a partir de la vivisección de animales (¡¿no acaba de hablar de ello?!) y en su búsqueda por entender el abandono de su padre decide embarcarse a la isla en la que se rumora que se ha exiliado. Aprendan lectores: en las islas pasan cosas feas, menos en San Andrés, a San Andrés sí pueden ir y pasarla genial. 

La principal diferencia entre “La Isla del Doctor Moreau” y “Naturaleza Salvaje” está en la dosis de romance que Sheperd, como buena autora de Literatura Young Adult, incorpora en la trama principal, teniendo a dos hombres peleando por el amor del personaje de Juliet y en las algo clichés descripciones de cómo mientras ella se besa con el uno piensa en el otro (le concedo que la novela tiene lugar en el siglo de XIX y tiene algo de sentido que la joven tenga la mentalidad de las damas de esa época, la cuestión de las heroínas rebeldes y fuertes es de al menos dos siglos después). Pero lo cierto es que la historia logra rescatar las ideas principales de sus dos abuelitos de ciencia ficción:

-Hay un deseo por superar a lo divino mediante el uso de la ciencia.

-Se cuestiona en todo momento si el Creador es un loco o un genio, así que entran a debatir la fe y la moral, ¿a qué precio se quiere avanzar y experimentar científicamente?

-Las criaturas pueden llegar a ser racionales, pero no sumisas ni mucho menos mejores que los humanos que las crearon.

-Creador y criatura entran en conflicto y por lo general, el creador termina recibiendo una “cucharada de su propia medicina”.

“Naturaleza Salvaje” es una de esas novelas que pese a colgarse en exceso de los clásicos, deja con la dosis exacta de curiosidad sobre qué pasará con la protagonista, justificando en cierto modo que las aventuras de Juliet Moreau continúen en otros dos libros, de los cuales el tercero no ha visto la luz todavía en español y cuyo segundo libro me deja preguntando a cuál clásico le “agradecerá” en la última página.

Si quedan interesados por este asunto de los científicos locos y de los cuerpos en pedacitos, les recomiendo este artículo sobre Todos los Frankensteins del cine.

Gracias por adentrarse conmigo en las páginas de este Open Trunk, y ya saben, si no les gusta, no lean, y si les gusta, ¡compartan!

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Un comentario en “Cuando experimentar se sale de control…

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