#LaVueltaAlMundoConBooktube: Carta de un adulto a Lewis Carroll, Roald Dahl y Dr. Seuss

Como todos los lunes, una taza de café caliente recibe al empleado en su oficina. Un día más de rutina, sin huevos verdes con jamón o un poco de té para amenizar la velada, solo el conocimiento de que cada día que pasa pareciera alejarlo más y más de las aventuras que soñaba vivir y que había leído de niño. Tras limpiar sus lentes y encender la computadora, el empleado decidió abrir el correo y empezar a escribir frenéticamente mientras ignoraba las amenazas de memorando de su jefe o las preguntas de su asistente sobre si deseaba saber los indicadores económicos para esa mañana. Su carta tal vez no solucionara nada, pero al menos lo mantendría ocupado mientras llegaba la hora del almuerzo. Tras un último sorbo de café, el empleado se aclaró la garganta y empezó a escribir:

Señores Lewis Carroll, Roald Dahl y Dr. Seuss

Escribo con el peso de mis años y de una hipoteca que todavía no sé cómo pagar. Escribo, porque básicamente ustedes me han hecho quien soy hoy, y he llegado a la conclusión de que tal vez eso no sea algo de lo que deba sentirme orgulloso. Empecemos por usted , Señor Carroll, y sus juegos del lenguaje que tanto me impactaron. Todos fuimos Alicia, y juntos caímos por el agujero del conejo blanco. Gracias a usted, he aceptado que no soy el mismo que era antes, y que cada paso que doy puede ser una jugada para derrotar a la Vida, digo, a la Reina Roja. Fotógrafo de vocación, usted me obligó a ver la vida con los lentes de alguien para quien los niños eran todavía un sinónimo de esperanza, de travesura y curiosidad, y me aterra pensar que pudiera hallarme rodeado de ellos algún día, de hecho, preferiría un Gato Sonriente que me recuerde que llorar no siempre soluciona las cosas, o una Oruga que a mis cuarenta y tantos siguiera preguntándome por quién demonios soy, ¡que me corten la cabeza si osara olvidar al bendito Gato y a la Oruga! pero a quién engaño, cualquiera diría que intentar explicar la locura del mundo llevándonos al País de las Maravillas es un sinsentido, pero a veces me sorprendo deseando ir a él. Se me hace tarde, y así como la Liebre y el Sombrerero están atorados para siempre en su fiesta del té, tal vez yo esté atorado para siempre en este escritorio. Sonría para la cámara, señor Dodgson. 

Es su turno, señor Doahl. El otro día me estrellé contra algo invisible, y mi niño interior brincó de alegría al pensar que tal vez me había encontrado el ascensor de cristal de Willy Wonka, y que por fin podría visitar su hotel en el espacio, pero en realidad se trataba de una puerta de Transmilenio, y yo estaba demasiado dormido para percibirlo, ¡maldición! No hay chocolate lo suficientemente dulce para explicar el modo en que sus osadas palabras denunciaron los excesos y caprichos de los niños de su época, ¿o quién no se sintió culpable de encender el televisor sin sentirse Mike Teavee o pedirle algo a sus padres y tener un momento Veruca Salt? Algunos deseamos ser Charlie para tener la fábrica de chocolates más espectacular del mundo. Yo por mi parte desearía volver a las épocas en que un caramelo podía solucionar cualquier cosa (excepto, tal vez, las malditas hipotecas). Al igual que el Señor Wonka, no tengo idea de lo que la gente dice la mayor parte del tiempo, pero creo que es mejor así. Tal vez la respuesta a mis problemas esté en cambiar los chocolates por el durazno gigante de Jim, o el Pepinasco del BAG. Mis triglicéridos lo agradecerían.

Para finalizar, llego con usted, Dr. Seuss. ¿Por qué escribir de criaturitas amigables en un mundo en el que casi nadie lo es? Intenté preguntarle a mi gato y solo me arañó la cara mientras luchaba por quitarse el sombrero rojo que le había puesto gracias a usted. En un mundo de grises (y no lo digo solamente por mi corbata), usted me enseñó que había espacio para los desayunos poco convencionales, y me habló de muchos lugares a los que podría ir, pero sepa que NO he ido a ellos… No despierto al menos. Quise ser como el Lorax, y terminé imprimiendo hojas por una sola cara. Quise tener a mis Cosas #1 y #2 y solo obtuve a un gato y un hámster con complejo de canario…. 

El empleado tuvo que cambiar el café por el agua y tomarse un break de su carta. Las manos le temblaban y su corazón parecía acelarado. ¿Por qué no lograba tranquilizarse? Su carta llegaría a oídos de tan nobles señores y quizá sirviera para darle por fin un poco de orden a su patética vida. ¿De eso se trataba, verdad? De orden, no de caos; de madurar, no de tener nostalgia. En verdad odiaba a estos señores, y era hora de ponerle un fin a tan nociva relación. Sí señor, eso haría. De regreso en su escritorio, y luego de una parada técnica, el empleado respiró profundo y estiró los nudillos antes de volver a acariciar las teclas.

Señores Carroll, Dahl y Seuss: tras pensarlo seriamente, llegué a una nueva conclusión, una que merece llegar hasta ustedes por todos los medios posibles. Quise odiarlos por prometerme una vida fabulosa, pero terminé amándolos por darme una infancia que me llevara a ella. 

Dejando caer su máscara de rudeza por unos cuantos segundos más, el empleado se fingió ocupado y profesional, mientras enviaba la carta y silbaba para sus adentros.

Ese día, mientras entraba al cuarto comité de la tarde, nadie se dio cuenta de las medias de colores que asomaban bajo el gris de su traje, o de la colección de libros infantiles que cargaba en su portafolio muy a pesar de sí mismo: Alicia en el País de las Maravillas, Charlie y la Fábrica de Chocolate y Huevos verdes con jamón.

Fin.

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